EL COLECCIONISTA


Una colección es siempre más de lo que sería necesario. "El amante del volcán" (1992), Susan Sontag.

Una foto siempre es un pasado atrapado, muerto, por eso mismo es tan difícil entender a esos coleccionistas de fotos antiguas. Sin embargo, algunas de ellas son muy artísticas o marcan una fecha en la historia de la humanidad. Todo comenzó a finales de 1830 en Francia, cuando Joseph Nicéphore Niépce utilizó una cámara oscura portátil y nació la primera foto de la historia que se conserva oficialmente titulada Point de vue du Gras (Vista desde Le Gras).
Los coleccionistas lo saben, por eso Alejandro vivía buscando en negocios de antigüedades y librerías fotos que satisfacieran su hobby y con la que presumir delante de otros coleccionistas.
Así fue que aquella tarde tan gris y lluviosa se refugio en una tienda de antigüedades y buscando dio con una pequeña tarjeta con una foto de una mujer victoriana. Si bien era muy pequeña y hasta parecía deslucida decidió llevársela, pagando por ella lo que el tendero le dijo.
La fotografía en cuestión, no parecía una gran adquisición, pero a medida que Alejandro la miraba comenzó a notar en ella, cosas que no correspondían con una foto normal. Lo primero que llamó su atención fue una sombra oscura y distorsionada detrás de la mujer que no correspondía con la posición del sol en la foto. Cosa que era muy extraña, pero luego detectó un brillo misterioso en los ojos de ella que lo impresionaron al punto de darle escalofríos. Incluso cuando llegó a su casa la imagen de la foto persistía en su mente. Pensó que estaba susceptible por la lluvia y que a su edad no estaba para cuentos extraños, así que dejó la foto en la mesita y se dispuso a dormir.
Ya dormido, se le apareció la mujer en sus sueños,  entonces el le contó q no estaba para esas cosas, que su salud no era buena, que tenía problemas económicos y su vida era un desastre sin resolver. En su sueño vio que la mujer lo escuchaba con cierta dulzura y cuando terminó de exponer sus problemas, ella lo tranquilizó argumentando que tendría una vida larga y próspera.

Decidió olvidar todo el tema, pero notó que con el paso de los días su salud mejoraba, que sus relaciones sociales tomaban un impulso que antes no tenían y también sus recursos laborales avanzaban por mejor camino. Lógicamente atribuyó todo a esas casualidades buenas que tiene la vida, pero al tiempo comenzó a tener sueños inquietantes y veía otra vez a la mujer en sus sueños. Pero ya no había dulzura en el rostro de ella, más bien una siniestra sonrisa.
Por la mañana se puso a investigar quien era la mujer de la foto, y entre tantos papeles que revisó encontró que ella había sido una filósofa activista que creía en el individualismo radical y la muerte como una forma de liberación. Su lema era: para el individuo, cero límites; él lo es todo; sus derechos son infinitos; su responsabilidad ante la sociedad es nula; la autoridad debe inclinarse reverente ante sus pensamientos, palabras, acciones y omisiones.
Alejandro entró en pánico, de solo pensar que estaba siendo manipulado por esta mujer, y decidió deshacerse de la foto. Sin perder tiempo fue a una librería y la intercambió por una tarjeta muy simple de amistad, luego se alejó de la librería respirando aliviado.
Pero en cuanto la foto salió de su posesión su buena suerte se desvaneció. Al día siguiente fue atropellado por un auto, cayendo de costado sobre el pavimento. Veía los pies de la gente a su alrededor formando un círculo y luego la cara de esa mujer riéndose hasta que perdió la conciencia y murió.
Unos meses más tarde alguien adquirió la postal otra vez, atraído por el intenso brillo de los ojos de esa mujer.
Estaba seguro de que con esa foto completaría su colección de mujeres con miradas extrañas a la vida.
Silvia Vazquez.














 

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