LA LÍNEA EN EL MAPA.
La línea de la carta de navegación había quedado abierta sobre el escritorio del capitán. Había en el mapa tantas rayas como rutas se habían planificado, pero el barco estaba siguiendo la dirección de la fuerte corriente del Norte. Detrás quedaba el otro trazo, la de su paso por ese mar, la estela blanca.
La nave solo seguía la demarcación de la corriente, como si hubiese perdido su espíritu y sus almas a bordo. Por momentos se frenaba y torcía su camino dentro de la corriente por los fuertes vientos que lo golpeaban por su costado. Así iba cada vez en forma más zigzagueante al Este. Era simplemente un barco abandonado, con toda su carga golpeándose, de babor a estribor y de proa a popa, siguiendo el destino natural de las corrientes o del viento. Se trasladaba desolado, a oscuras, haciendo chillar su línea de flotación como un fantasma hace sonar sus últimas cadenas a la tierra.
A pesar de los vientos y de las corrientes, sin un timonel que lo dirigiera, conseguía no volcar en medio de las profundas oscuridades en que caía, cuando las olas gigantes lo soltaban sobre precipicios enormes donde se desplomaba. Pero la embarcación se recuperaba y seguía navegando para acercarse a otro punto de esa orientación, que era una recta luz hermosa en medio de toda esa nada cubierta de agua. Esa luz que extendia sus rayos hacia todos los puntos cardinales. Se encaminaba directo a ella, atraído por esa estría luminosa delante suyo que alumbraba barriendo el espacio con rayos de luz hipnótica.
De ese modo, el navío abandonado avanzaba navegando hasta ese gigante que le regalaba esa estrella final para su camino, como si fuera la salvación que lo sacaría de esas fauces saladas, oscuras y acuosas.
En el faro dos hombres curtidos por la sal y el tiempo, gritaban y maldecían al escuchar como el buque entraba en las rocas, rompiendo su barriga enorme para luego retorcerse y quedar ladeado y roto como un hombre caído y golpeado hasta morir.
Luego de ver y escuchar el estruendo del choque hecho por el naufragio contra las rocas, ya no maldecían más, uno se servía un whisky, mientras el otro lloraba.
Silvia Vazquez

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